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Autoria: Gemma Saura - Damasco. Enviada especial
Publicat a: La Vanguardia
Data: 16/09/2007
Secció: Internacional
Gènere: Crònica

En el ´Pequeño Bagdad´ de Damasco, la dureza del exilio ha unido a suníes y chiíes

El barrio de las viudas

Un niño iraquí vende bolsos por las calles de Sayeda Zainab; muchos refugiados se ven obligados a trabajar ilegalmente

En Sayeda Zainab, el Pequeño Bagdad de Damasco, suníes y chiíes huidos de Iraq intentan rehacer sus vidas, pero no están autorizados a trabajar y dependen de sus ahorros o de la caridad. Muchas iraquíes han comenzado a ejercer la prostitución.

Este barrio está lleno de viudas", dice Mehiar, iraquí de 25 años, en un restaurante de Sayeda Zainab, el Pequeño Bagdad de Damasco. En otra mesa una mujer de Basora come con hambre de días un plato de arroz y garbanzos que no puede pagar. Perdió en la guerra a su marido y a sus dos hijos. "Ya no tengo nada - dice con expresión inerte, como si se le hubieran agotado las lágrimas-. Estuve un tiempo con mi hermana y su marido, pero son tan pobres que por decencia tuve que irme". En Siria vive de la caridad.

Del barrio salen cada mañana furgonetas hacia Iraq. Van cargadas de refugiados que viajan hasta la frontera para, cada tres meses, renovar el permiso de residencia. Siria es el único país que, hasta hace poco, ha mantenido las fronteras abiertas a los iraquíes que huyen de la violencia sin fin y es el que más refugiados ha recibido. Oficialmente hay 1,5 millones, pero la Organización Iraquí de Emigrantes (OIE) asegura que son dos millones; de ellos, 500.000 en Damasco.

Todo el mundo arrastra demonios en este suburbio de Damasco convertido en enclave iraquí. La familia de Mehiar decidió emigrar tras recibir varias amenazas de muerte. Primero fueron la madre y los tres hijos; el padre se quedó en Bagdad para vender la casa.

"Llamó un día y dijo que estaba enfermo y que venía. Cuando llegó, no pudo ni bajar por su propio pie del autobús - recuerda Mehiar-. Tenía el cuerpo lleno de quemaduras y golpes: una milicia le había torturado hasta darle por muerto". Murió a los pocos días.

"Los asesinos de mi padre eran chiíes, pero yo prefiero decir milicia a secas", dice el joven, de familia suní. En Sayeda Zainab, donde se han concentrado los iraquíes más pobres, suníes y chiíes conviven sin conflictos. Aunque muchos han tenido que dejar sus casas por ser suníes en una zona chií o viceversa, el exilio les ha unido. "Somos iraquíes por encima de todo", dice Mohamed al Hamel, presidente de la OIE. "Hemos vivido como hermanos desde hace siglos. No existe una guerra suní-chií, es algo fomentado por los ocupantes para vaciar Iraq y llevarse nuestro petróleo", dice Sharif, vicepresidente de la organización.

Aunque han dejado atrás la sombra de la muerte, bombas, tiroteos y secuestros, el éxodo no sabe a paraíso. Los iraquíes tienen acceso gratuito a la educación y a la sanidad siria, pero no están autorizados a trabajar, así que dependen de sus ahorros o de la caridad, o bien deben trabajar ilegalmente.

En los zocos, los tenderos están acostumbrados a que les ofrezcan "pasar un buen rato" con chicas iraquíes, que llenan los prostíbulos sirios. "Es un drama - dice Rana, una joven periodista iraquí y activista de derechos humanos-. Siria se está convirtiendo en el centro de distribución de tráfico de mujeres en Oriente Medio. De aquí las envían a los países del Golfo". Rana habla también de "la prostitución secreta": mujeres que reciben a sus clientes en una habitación de su casa, con marido e hijos al corriente, pero a escondidas de los vecinos.

Con una población de unos 18 millones, en Siria los refugiados se han convertido en un tema de conversación recurrente, ya sea para culparles de la subida de precios de la vivienda, los cortes de luz o el aumento de la prostitución. "A los dos millones de palestinos que tenemos, se han añadido cuatro millones de iraquíes. Pero ¿qué vamos a hacer? No podemos echarlos, es cuestión de humanidad", se lamenta el dueño de un local. "Los sirios se quejan, pero beneficiamos su economía. Somos turistas permanentes que gastan todo su dinero aquí - exclama Sharif-. Los iraquíes no queremos quedarnos, sino vivir en nuestro país. Pero mientras haya tanta violencia, mientras uno salga por la mañana de su casa sin saber si regresará con vida, es imposible".

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