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Autoria: Norbert Bilbeny
Publicat a: La Vanguardia
Data: 31/07/2007

El Parlamento del Mediterráneo

SU LEGITIMIDAD no puede ser otra que moral; sería la voz de la conciencia ética de las sociedades mediterráneas

Hay que pensar en la creación de un Parlamento del Mediterráneo. No es una utopía. Tiene motivos razonables y apremiantes. El más poderoso es la naturaleza: si se muere ella, arrastra al resto. Tenemos un mar demasiado contaminado, y la cuenca alrededor, que integra tres continentes, maltrecha y agotada.

El otro motivo es la cultura: ¿por qué, estando tan cerca, los pueblos del Mediterráneo se sienten tan lejos? Conocerse es una medida básica para la paz y el desarrollo en esta parte del planeta, donde aún hay conflictos y un posible foco de guerra generalizada, si pensamos en Oriente Medio. No obstante, por geografía e historia, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Alrededor del Mediterráneo, el mayor mar interior del mundo (cinco veces la extensión de España), vive tanta gente como en Europa, y más joven y en movimiento que la del Viejo Continente. El Mediterráneo es viejo y nuevo a la vez. Si unimos las principales ciudades de su litoral, como si fuera una constelación de estrellas, nos sale la simpática figura de un delfín que tiene la aleta dorsal en el Adriático y sus ojos en las Baleares. Y no se diga que las constelaciones no existen ni sirven para nada. Aunque imaginarias, están formadas por cuerpos reales y nos orientan. Como el Parlamento del Mediterráneo, que no es un cuerpo de representación popular ni una cámara legislativa, pero valioso igual para la convivencia y el entendimiento de 500 millones de personas en veinticinco estados. Como una constelación del diálogo.Por eso habría que llamarle parlamento,en lugar de observatorio o foro.

Claro está que no sustituiría a la voluntad popular. Pero actuaría en favor de los pueblos y costaría bastante a los gobiernos no tenerlo en cuenta. Su legitimidad no puede ser otra que moral. Sería la voz de la conciencia ética de las sociedades mediterráneas. Ni los estados, ni las empresas, incluidos los grupos de comunicación, tendrían control sobre esta cámara no política de los pueblos, primera en su género. Formarían parte de ella cinco áreas de representación: las universidades y los centros de investigación; las organizaciones por la justicia equitativa y el desarrollo sostenible; las ciudades (de Tetuán a Tel Aviv, de Venecia a Trípoli) y las entidades no colonialistas de comercio; los escritores y los artistas, y, por descontado, las religiones y movimientos espirituales.

Un Parlamento así no es una entelequia. Todos, además, se comprometerían a hablar en interés común por las personas alrededor de este mar, con independencia de la economía y la política, y el acuerdo de echar fuera a quien no jugara limpio, pues el prestigio moral, además de la expertez en cada área, es su única fuerza. Sus miembros han de ser renovables, como su sede. Para empezar, ésta podría estar en Alejandría, por su historia cosmopolita.

En el Parlamento del Mediterráneo no tendrían sentido las fronteras norte/ sur, occidente/ islam, mundo industrial/ regiones en desarrollo. Es bueno acabar con estas barreras. El Mediterráneo es cuna de las religiones monoteístas, pero también, desde Egipto, de las politeístas en esta parte del planeta. Por no hablar de las tantas otras expresiones de la civilización de la que también es fuente, por ejemplo la democracia o el comercio a gran escala.

Hay que desmentir una vez más la errónea idea de Huntington de un choque de civilizaciones.Abracémonos a nuestro simpático delfín.

Enlace al artículo (Sólo disponible para suscriptores de La Vanguardia)

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